El sueño del Dakar

Yo fui una de esas aficionadas que cada Navidad seguía el Dakar por la televisión y me quedaba prendada de aquella aventura, veía a los pilotos, sobre todo a los de motos (que era donde los nuestros destacaban más), como los grandes héroes de nuestro tiempo, con esas motos enormes, los monos a modo de armadura, el casco pintado con los colores brillantes de sus patrocinadores, que aun les daba más magia y misterio, cruzando dunas, sabanas, conviviendo con los africanos, con sus paisajes, con su magia… con todo aquello que el resto de los mortales nos teníamos que conformar viendo por la tele.

Recuerdo que un año fuimos a ver a los pilotos de cerca en una salida que se hacía cerca de casa. Veías a los pilotos en el centro, rodeados de un montón de personas atentas a ellos, cada uno de ellos haciendo un trabajo distinto: uno iba arriba y abajo de un camión con diferentes piezas, otro repartía documentación, otro hablaba con el piloto señalando la moto, etc.… Todos  vestidos con los mismos colores, todos formando parte de un equipo, todos a punto de vivir la aventura… Reconozco que esa visión, a parte de admiración, despertó en mí una gran envidia, y durante los días siguientes, soñaba en formar parte de ese mundo mágico.

La suerte, el destino… no sé el qué, el hecho es que al cabo de unos meses, recibí la llamada de uno de esos pilotos/héroes que me preguntaba si me interesaría/atrevería a  embarcarme como recuperadora de los pilotos en el siguiente Dakar. Recuerdo que inmediatamente después de ofrecerme el trabajo me hizo una larga lista de lo que me iba a encontrar si aceptaba. Enumeraré unas cuantas cosas: no hay duchas ni wc, cada uno debe montar su tienda cuando llega al campamento y desmontarla antes de abandonarlo – normalmente entre las 4 y las 5 de la mañana-, nada de camas, días enteros  sin poder dormir, primero es la recuperación de los pilotos, jornadas de más de 12 horas metidos en un coche por “pistas” por el desierto, tormentas de arena que no te dejan respirar, comer cuando se puede, no cuando se quiere, …….. Se le olvidó decirme que, una vez allí, todas estas cosas, no importan.

Una vez aceptado el reto, me entró una especie de pánico. Por muchos años que llevemos en este mundo, no llegamos nunca a saber mucho de nada, y me di cuenta de que mis conocimientos sobre las lesiones, sobrecargas, necesidades de los pilotos de un raid eran muy pobres. Yo hacía masajes, ayudaba en la recuperación de lesiones de otros deportistas, pero un piloto… ¿y si se cae, y si se le sale un hombro, …y si no estoy a la altura?

Desde ese momento me convertí en una esponja. Fui a visitar a todos los médicos y fisioterapeutas que tratan a estos deportistas, dediqué horas a la observación de la forma de pilotar, de estar sobre la moto, como caminaban cuando bajaban de ella, etc. … Eso me daba las pistas del cómo y el qué debería tratar una vez dentro de la carrera. Hablé mucho con ellos sobre cómo se sentían antes, durante y después de cada jornada.

Cada uno de los pilotos, compitiendo en la misma disciplina y siguiendo las mismas rutas, tenía unas necesidades totalmente distintas a las de los otros. Todos ellos tienen la presión del resultado, pero cada uno lo asume de forma diferente. Todos van sobre la moto, pero uno lucha con ella y otro forma parte de ella, otro la conduce con rabia y otro la cuida. Eso también lo notan los mecánicos que debían hacer un trabajo similar al mío.

Por mi trabajo, dominaba ciertas técnicas de vendaje, pero no tenía mucha práctica , por ejemplo, en los “tappings” para costillas, y era consciente de que, durante la carrera, uno no tiene todo el tiempo del mundo para tratar a los pilotos y menos teniendo  5 pilotos para tratar cada día. Así que me dediqué a practicar y practicar, hasta que me sentí con suficiente confianza para hacerlo con la tensión de carrera.

También hice un curso de primeros auxilios; ahora lo pienso e incluso me da vergüenza haber estado tantos años sin él: creo que es algo muy importante y que debería ser obligatorio para los que trabajamos en el mundo de la salud y deporte porque casi nunca pasa nada y todas las competiciones, entrenamientos, actividades de fitness, sesiones de pesas, …todas acaban bien, pero alguna vez, algo ocurre, y debemos estar preparados.

Tuve que aprender también a leer un “road book”  y entrenar la orientación en los Monegros. Allí me di cuenta del gran trabajo que hace un piloto de motos en el Dakar: el trabajo que hace él solo, lo teníamos que hacer entre 4 y aun así, acabamos en un río (…y ya es difícil en los Monegros). Eso era la antesala de lo que nos esperaba.

Por fin llegó Navidad y con ella mi gran aventura, y allí estaba yo, formando parte de ese equipo, con el uniforme, con mi camilla y mi maletín con todo lo necesario y sobre todo con toda la ilusión…

La lección que aprendí de esta experiencia es que debemos tener cuidado  con nuestros sueños, a veces se cumplen y puede que no estemos preparados…

Lídia